Cuando éramos pequeños, nuestro padre nos llevaba a este lugar de embrujo, situado en lo más intrincado y boscoso de los montes Torozos. Recuerdo que solía llevarnos los Domingos, constituyendo una tremenda sorpresa lo solitario y tranquilo del lugar, por contraste con el Pinar de Antequera, que era el sitio de esparcimiento habitual de las familias vallisoletanas. Siempre recordaba el camino de tierra por el cual se acedía y que a veces, al encontrarse algo embarrado por la lluvia o en mal estado, hacía que mi padre amagara con darse la vuelta, lo que constituía un momento de zozobra y angustia en mi montaraz naturaleza; y, lo que son los genes, es el mismo comportamiento que adopto yo y la misma sensación que produce a mi hijo, Álvaro, de seis años, al que allí llevo.
Debe ser también cosa de genes el afán que le entra por hacerse con un palo a modo escopeta, muy a pesar de su madre a la que no le gustan estos instintos “guerreros”, y a continuación encaminarse al lado izquierdo del embalse – de nuevo los genes – porque, dice, allí tiene la guarida el dragón del lago. Con estas fantasías – o no, ¡vaya usted a saber!- nos internamos por el margen izquierdo de este recoleto y encantador embalse, por una estrecha senda entre todo tipo de árboles y vegetación ribereña; haciendo pausas para contemplar la gran cantidad y diversidad de anátidas existentes y sorprendiéndonos a veces por el alzado repentino de una garza real, tras el identificativo ¡craac! Que emite. Finalmente, atravesamos un pequeño puente de madera, oculto entre juncos, que nos permite bordear el embalse y acceder a la otra ribera, donde abundan las cupresáceas; igualmente hermosa, igualmente fantástica, aunque aquí ya no habite el dragón y, sin embargo …
A este lugar se accede llegando al monasterio de La Santa Espina, desde la carretera N-601 (dirección Leòn) y al llegar a La Mudarra, tomar dirección a Peñaflor de Hornija y de allí al monasterio – por cierto, fantástica su vista desde lo alto de la carretera.- Una vez allí, hay que bordear toda la valla del mismo hasta que, de un recodo, sale el camino de tierra que nos conducirá, tras un par de kilómetros, al ambalse. Es un sitio que recomendamos a todos los amantes de la naturaleza y, además… Hace un par de años, cuando la luz perdía fuerza un atardecer de primavera, mi hijo Álvaro y yo vimos, saliendo tranquilamente de la zona boscosa cercana al puente, a un ser mítico que yo recordaba con nitidez de los programas de Félix Rodríguez De La Fuente. Soberbio, desafiante – se volvió, a una distancia de 100 metros, para decirnos que nos había visto- Su cabeza, sus ojos, su cola… Aquél lobo se perdía entre la maleza, subiendo tranquilamente por una pendiente. Aquella impresión, que compartí con mi hijo, me acompañará siempre. A los escépticos sólo decirles que un amigo mío, de la guardería forestal, me ha confirmado presencia lobera en esa zona. No hemos vuelto a verlo, como es natural, aunque mi hijo aún lo recuerda y yo lo guardo en mi retina como un tesoro.
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Fecha: 2007-06-25